ENCUENTRO (Violeta Güiraldes)


 

El ascensor de su oficina, siempre le había parecido un símbolo del encierro. Por eso lo evitaba. Sus botones con instrucciones en alemán, eran un misterio para ella. ¿Cuál abri­ría la puerta en una emergencia? Éstas y muchas otras preguntas acudían a su mente, en cuanto ponía el pie derecho para in­gresar a lo que consideraba una pequeña cárcel construida por el hombre para su autodestrucción. Además, al usarlo, ella dejaba de hacer un buen ejercicio para conservar su agilidad: cinco pisos de escaleras. Por eso, prefería subir a pie. Sin embargo, hoy pensaba que le costaría hacerlo. Se había puesto sus zapatos rojos de taco alto y una falda muy ajustada de cuero. Además, estaba atrasada y era un día especial. Por eso, sólo por eso, apretaría el botón para someterse a los caprichos de la jaula móvil.
Se encontraría con él en la oficina, después de tantos años. Quería correr a buscarlo, aunque no podía demostrarlo. Sería muy mal visto a sus años, con hijos y nietos. ¿Cuánto quedaría ahora del adolescente de la bufanda azul que dibujaba, frecuentemente, en su diario de vida de la universidad?
Entró al edificio pensando en los veinte minutos de atraso que llevaba. Tal vez él se había cansado de esperarla. Y todo, por los autos que a esa hora hacían difícil transitar. Además, por los trabajos en las calles que siempre la ponían histérica. ¿Por qué no podían hacerlos de noche o donde ella no estuviera? Siempre era en el peor momento y justo en el lugar por donde ella debía transitar. Esta vez todo se había juntado. Como si el destino no quisiera que llegara a verlo. Posiblemente, él ya había partido.
Subió en el ascensor, como había decidido, abrió la puerta de su oficina y junto a su secretaria vio, de espaldas, a un señor algo calvo y canoso, muy distinto al joven que ella recordaba ¿Sería él? 
Se acercó en silencio porque no estaba segura, pero el tacón de uno de sus zapatos rojos se atascó en una pequeña grieta del piso produciendo un ruido inesperado. Fue entonces cuando él se dio vuelta, la miró y sonrío.
Ella reconoció de inmediato esa sonrisa, la mirada intensa de sus ojos enmarcados por sus cejas gruesas y ocultos tras los lentes que siempre había usado. Y supo que, pese a los cambios de su cuerpo, era el mismo hombre que tan intensamente había amado.
Fue entonces cuando estuvo segura de que había tenido una buena razón para ponerse la falda ajustada de cuero, los zapatos rojos y subir lo más rápido posible usando el ascensor.


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